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Ante la violencia más cultura de paz

El 8 de marzo se celebra el Día Internacional de la Mujer; este día nos llega en un momento muy complicado en la humanidad, ya que estamos recibiendo la embestida de activos conflictos bélicos, que están generando mucho dolor, sufrimiento e incertidumbre en el mundo.

A pesar de estas guerras o inestabilidades cruentas que en la actualidad estamos viviendo y que están dejando profundas huellas; el ser humano a lo largo de la historia ha demostrado encaminarse en la resiliencia. Esto se refiere a la capacidad de sobreponerse a momentos críticos y adaptarse luego de experimentar alguna situación inusual e inesperada.

Por lo que, ante la celebración del Día Internacional de la Mujer, apostamos a la necesidad de líderes resilientes que, en medio de este vendaval de situaciones adversas y peligrosas, tomen decisiones sabias y conviertan estos momentos acuciantes y difíciles en una oportunidad de cambio hacia el mejoramiento y fortalecimiento de un mundo más justo, pacífico, humano y más sostenible en la paz.

Asimismo, apostamos a una resiliencia compartida entre hombres y mujeres que se base en la gestión emocional, la comunicación abierta y el apoyo mutuo para así superar las adversidades.

¿Cómo se alcanza el propósito del hombre y la mujer hacia una cultura de paz?

Debemos partir del entendido que el hombre y la mujer tienen una dignidad que nunca se pierde. Dicho lo anterior, este propósito se alcanza con mayor solidez cuando se trabaja en equipo; imbuido con un espíritu transparente de apoyo mutuo marcado con la esencia de la tolerancia; sintiendo admiración el uno por otro, sin que el egoísmo dañe la construcción de relaciones sanas; sin que se devalúe la persona al valor de cualquier objeto.

También impulsando la cooperación sujeta a la complementariedad, sin menosprecio, divisiones ni odios; con disposición expresa a colaborar sin convertirnos en adversarios; y asumiendo que la paz es un proceso continuo que se construye día a día con acciones que demuestren amor, protección emocional y respeto, evitando la competencia o las luchas de poder.

¿Qué no debemos pasar por alto?

Anterior a la pandemia observábamos las estadísticas lamentables, de cómo la violencia estaba alcanzando a muchas mujeres, presentando una alarmante, preocupante, horrorosa y depresiva imagen de irrespeto al don de la vida. Eso se recrudeció con el confinamiento de la población en sus hogares, medida que no cuestiono; pero la misma desnudó la notable incapacidad de la ciudadanía en el abordaje o manejo adecuado de los conflictos en los hogares.

Ya hace cierto tiempo que pasamos por una pandemia, y puede llegar a nuestras mentes como algo lejano que sucedió remotamente en una vida pasada; asombra lo fácil que como humanidad tiramos al baúl del olvido esos sucesos históricos. Todo parece indicar que las pandemias, guerras y crisis económicas, las estamos pasando por alto; lo correcto sería comprender que cada acontecimiento debe enseñarnos lecciones de vida para bien; siempre y cuando lo asumamos en humildad, y absorbamos esos aprendizajes para cambios y mejoras en el inmenso campo de la conciencia moral colectiva.

El ser humano de hoy en esta sociedad de la información sabe más, tiene la posibilidad de mayor acceso a datos; pero lamentablemente, a pesar de estos avances, está dispuesto a hacer menos. Eso nos lleva a preguntarnos ¿Acaso se está en el ocaso de la voluntad? Entendemos que no hemos llegado a ese extremo; pero sí debemos evitar que el flagelo de la desidia y la inercia social supere a la acción consciente.

En ese sentido, nos inquieta que la violencia, en respuesta ante tantos conflictos, siga manifestándose progresivamente como algo natural, normal e incluso como la única manera viable de hacer frente a los problemas. Y nos causa mayor preocupación que no ejerzamos la voluntad para detener esa vorágine perniciosa que nos llena de tanto duelo y traumas severos.

¿Qué hacer?

Inevitablemente debemos cambiar patrones de vida que desdicen nuestra humanidad. La cultura de violencia niega lo verdaderamente humano, se convierte en un germen anti-natura, que solo destruye y daña. El machismo alimenta toda violencia; de ahí es pues, que tenemos asumir mayor compromiso de coadyuvar a erradicar esa cultura tan nociva y salvaje que está causando estragos en el seno de tantas familias.

Esta acción estratégica y fundamental debe realizarse en reciprocidad con las mujeres, para conseguir como resultado una educación en valores que forme al ser humano en su integridad, para que sepa usar su conocimiento en la búsqueda constante del bien. Para llevar a cabo con éxito esta misión se debe trabajar juntos, no solos. La dispersión de esfuerzos retrasa los resultados o más bien no se logra.

Finalmente, para cambiar esos patrones se requiere tomar conciencia de las creencias y respuestas que perpetúan esas conductas negativas que se están reproduciendo en la sociedad. Sin una reflexión sincera o reconocimiento el cambio se imposibilita. A esto se suma también, que necesitamos una dosis de buena voluntad para aprender las habilidades requeridas que posibiliten ese cambio que todos soñamos.

Estamos conscientes que las crisis exacerban los ánimos, pero nunca debemos cansarnos de dialogar y buscar llegar a acuerdos de buena fe que nos permitan regresar a la normalidad luego de cada conflicto. El diálogo consiste en la escucha activa, la expresión respetuosa y el deseo sincero de encontrar un acuerdo, ese debe ser un propósito continuo que demandar.

Aprender que la crisis debe ser una oportunidad de crecimiento, no la suma de tragedias. Es tiempo de que las mujeres y los hombres impulsemos estratégicamente una cultura de paz. No hay camino para el diálogo, el diálogo es el camino que nos lleva a la paz.

ANGEL GOMERA
Abogado
Santo Domingo de Guzmán
[email protected]

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