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Reflexiones desde el remolino

Una de las ventajas que tiene el haber trabajado en diversas empresas en instituciones, dedicadas a tareas disímiles, es que permite ver la vida desde diferentes perspectivas, lo que da como resultado una visión poli direccional de los fenómenos, que tal como lo repiten las ciencias sociales, todos los problemas humanos tienen orígenes multifactoriales.

Con lo que se llamó el Fin de la Guerra Fría, que trajo el inicio del Nuevo Orden Internacional, o Globalización, entre finales de la década de los 80 del siglo pasado y comienzo de los 90, el mundo entró en una etapa donde el ejercicio del pensamiento entró en un letargo entre los ciudadanos, que de pronto dejaron de ser concebidos como tales para ser vistos como simples consumidores.

Fueron muchas las definiciones que recibió esa sociedad que arrancó en los años 90, específicamente en Occidente. Para Francis Fukuyama, filósofo norteamericano de origen japonés, fue el Fin de la Historia; para el premio Nobel peruano Mario Vargas Llosa, fue la sociedad del Espectáculo; para el sociólogo polaco Zygmunt Bauman, la sociedad líquida, la realidad fluye como el agua entre los dedos. Y ni hablar de todo lo que ha venido después con la revolución tecnológica del internet, las redes sociales, con Inteligencia Artificial Incluida.

En el caso dominicano, la Nueva era tuvo como efecto la reducción del pensamiento a su mínima expresión, hasta el punto que una colega periodista de militancia feminista llegó a decirnos que ya eso de pensar había que dejárselo a las naciones más desarrolladas, con el criterio de que desde afuera se le bajarían las coordenadas a la República Dominicana sobre cómo debía enfrentar sus problemas.

Los partidos políticos, la universidad estatal y los medios de comunicación, entidades que vivieron hasta entonces en un constante ejercicio del pensamiento, con investigaciones y creaciones de teorías sobre los fenómenos sociales, comenzaron a convertirse en simples repetidores de lo que dictaban los organismos internacionales, que financiaban las llamadas Organizaciones No Gubernamentales (ONG), representantes de la denominada “sociedad civil”.

En los años 90 comenzó el deterioro estrepitoso de la familia nuclear dominicana, compuesta por Papá, Mamá y los hijos, asesorados por abuelos y abuelas, conglomerado que comenzó a ser calificado como reinado del patriarcado machista por parte de las ONGs feministas, propiciando campañas y leyes que lo llevara a su destrucción.

A los dominicanos que no abandonaron el ejercicio de pensar, como lo recomendó el francés René Descartes, debe moverlos a reflexión el hecho de que después de esas campañas y leyes para una supuesta defensa de la mujer ha sido que se ha incrementado la violencia intrafamiliar con muertes de mujeres y hombres, dejando en la orfandad a millares de niños en todo el país, abandonados a su suerte con el trauma de la desaparición trágica de sus progenitores.

En vez de alarmarnos por el crecimiento de la violencia en las escuelas, el tránsito y en las relaciones interpersonales entre vecinos, lo que debiera sorprenderos es el hecho de que no han acabado de destruir nuestra sociedad. ¿Qué se puede esperar en una nación donde se han socavado las bases de su núcleo principal que es la familia?

Pero después que se crearon las condiciones ideológicas y legales para la destrucción de la familia los mismos actores dirigieron sus cañones despojar al sistema educativo de su condición de creador de ciudadanos con la enseñanza de la historia nacional que motivaba a los niños a ver los patricios como sus modelos, mientras se desterraba de las aulas la asignatura de moral y cívica, forjadora de hombres y mujeres preparados para la sana convivencia social y familiar.

Desde el turbio remolino en que nos encontramos apenas podemos apreciar que muchos hogares y escuelas se han convertido en campos de batalla, muchos medios de comunicación (redes sociales y otros), de orientadores sociales han pasado a promover la violencia y las malas costumbres, mientras el negocios de las drogas y el creciente público consumidor hacen de calles y barriadas escenarios peligrosos para los dominicanos decentes.

La ausencia de pensamiento acompañada de la falta de investigación conduce a la conclusión de que cada vez que muere una mujer por homicidio provocado por un hombre es producto de “la violencia machista”. Todavía no le han buscado nombre a los asesinatos de hombres a manos de mujeres o por sicarios pagados para quedarse con sus bienes, como ocurre con cada vez más frecuencia, en una sociedad marcada por el consumismo el afán de riqueza fácil.

En los tiempos que trabajé como encargado de Comunicaciones de la Corporación del Acueducto y Alcantarillado de Santo Domingo (CAASD) aprendí que cuando las aguas llegaban turbias a las tomas desde las cuencas hidrográficas había que aplicarles sulfato de sodio para aclararlas, procedimiento al que se le agregaba luego el cloro para eliminarle cualquier sustancia patógena. El remolino moral y social que vive actualmente Occidente y República Dominicana en particular, demanda de madurez para esperar que las aguas se aclaren y poder ver los escombros que arrastran al bajar de las cuencas montañosas.

Hay que valorar esa ciudadanía preocupada que todavía nos queda, en medio de una sociedad con una familia en crisis, un sistema educativo disfuncional, medios de comunicación que perdieron la condición de vigilantes orientadores como fue su rol social, crecimiento del negocio de las drogas y de los consumidores, con debilidades en la Justicia a la vista de todos. Estas líneas las escribimos desde el remolino, frente a una turbiedad que el sulfato de sodio no puede aclarar.

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